Durante casi 200 años no paró de arder. El Izalco estuvo en erupción continua de 1770 a 1966, y su resplandor servía de faro a los barcos en el Pacífico: por eso le decían "El Faro del Pacífico". Hoy descansa, con su cono negro casi perfecto recortado contra el cielo, uno de los paisajes más icónicos del país. Subir su ladera de lava suelta es duro, pero la silueta vale cada resbalón.
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