Trescientas sesenta y cinco islas de arena blanca y agua turquesa, gobernadas por el pueblo Guna, que decide quién entra y cómo se vive en ellas. En San Blas no hay hoteles ni lujos: dormís en cabañas sencillas sobre la arena, comés el pescado y la langosta que sacan ese día y te dormís con el sonido del mar. Uno de los lugares más puros y auténticos del Caribe entero.
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