🇦🇷 Argentina
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Bariloche
Despertás entre lagos de un azul imposible y un aroma a chocolate recién hecho flotando por las calles. Bariloche es la Suiza andina: en invierno el cerro Catedral se cubre de nieve y se vuelve el mayor centro de esquí de Sudamérica; en verano, el Circuito Chico regala miradores, bosques de arrayanes y aguas heladas donde nadar. El cierre perfecto es una fondue frente al Nahuel Huapi, mientras el sol se esconde detrás de la cordillera.
Región Vitivinícola de Mendoza
Tierra de Malbec, al pie de los Andes y con el Aconcagua nevado vigilando el horizonte. En Mendoza recorrés bodegas de Luján de Cuyo y el Valle de Uco, copa en mano, entre hileras de viñedos que se pierden en la montaña. Almorzás de a siete pasos maridados, bicicleteás entre cepas y terminás viendo caer el sol detrás de la cordillera. El vino acá no es bebida: es paisaje, cultura y sobremesa larga.
Cataratas del Iguazú — Lado Argentino
Acá no mirás las cataratas: te metés adentro. Las pasarelas argentinas te llevan por encima y entre los saltos hasta el borde mismo de la Garganta del Diablo, donde el agua se desploma con un rugido que sentís en el pecho y la niebla te empapa entera. Coatíes curiosos, tucanes y mariposas completan el paseo por la Selva Atlántica. Una de las siete maravillas naturales del mundo, vivida de cerca.
Salinas Grandes de Jujuy
A 3.450 metros de altura, el suelo se vuelve blanco hasta donde alcanza la vista: 212 km² de sal pura bajo el sol de la Puna. En época de lluvia, una capa de agua convierte las Salinas Grandes en un espejo donde el cielo se duplica y perdés la noción de arriba y abajo. El contraste del blanco infinito con el azul del altiplano es de los espectáculos más surrealistas que da el norte argentino.
Tierra del Fuego — Fin del Mundo
El fin del mundo tiene nombre y estación de tren. En Ushuaia, la ciudad más austral del planeta, el Parque Nacional Tierra del Fuego baja desde los bosques de lenga hasta el Canal Beagle. Subís al Tren del Fin del Mundo —el mismo que usaban los presos del viejo penal—, navegás entre lobos marinos y pingüinos y respirás un aire que sabe distinto. Es el último pedazo de tierra antes de la Antártida.
El Chaltén
Un pueblo de montaña donde las calles terminan, literalmente, al pie de la pared. El Chaltén es la capital del trekking en Argentina: desde la última casa salís caminando hacia el Fitz Roy y el Cerro Torre, dos agujas de granito tan icónicas que inspiraron el logo de Patagonia. Al amanecer, cuando el sol prende la roca de rojo, entendés por qué la gente cruza el planeta para estar acá. Sin teléfono, sin apuro, solo vos y la montaña.
Quebrada de Humahuaca
Un valle de 155 kilómetros donde las montañas parecen pintadas a mano. En Purmamarca, el Cerro de los Siete Colores cambia de tono con la luz del día; en los pueblos de adobe, la historia precolombina y colonial se respira en cada esquina. Subís entre cardones gigantes, escuchás quena a lo lejos y comés una empanada salteña al sol del altiplano. El noroeste argentino, Patrimonio Mundial, en estado puro.
Caminito — La Boca, Buenos Aires
Un callejón de 150 metros donde las casas de chapa están pintadas de amarillo, rojo y azul como si alguien hubiera vaciado la paleta entera. Caminito es el alma de La Boca: bailarines de tango en la calle, cuadros colgando de los balcones y la cancha de Boca a unas cuadras. Turístico, sí, pero imposible no enamorarse del barrio que parió el tango y la pasión futbolera de Buenos Aires.
Glaciar Perito Moreno
Una pared de hielo de 5 kilómetros de ancho y 60 metros de alto que, contra todo pronóstico, sigue avanzando. Parás en las pasarelas frente al Perito Moreno y esperás: cada tanto, un bloque del tamaño de un edificio se desprende y cae al lago Argentino con un estruendo que retumba en el valle. Podés caminar sobre el glaciar con crampones o solo quedarte mirando. La Patagonia en su versión más imponente.